Entre idas y venidas se desarrollaba su camino, un camino que aún no estaba señalado y que requería de unas importantes dotes de improvisación. Eran muchas las horas que habían transcurrido en salas de embarque de diferentes aeropuertos: Dublín, Madrid, Barcelona, Roma, Santiago de Chile, Frankfurt, Sevilla... ¡Y después de todo se seguía viendo tan niña! Apenas podía creer que casi no quedasen trozos de aquella infancia de la que tan buenos recuerdos poseía.
Las tardes en casa de su abuela desaparecieron de un golpe el día que falleció. El maldito cáncer había consumido todos sus huesos y la vida no había dado más de sí. No hubo más comidas familiares, con la gran fuente de pescado frito en el centro de la mesa. No hubo más noches viendo la tele (ir a dormir allí era toda una aventura. La abuela, haciendo caso omiso a los intentos agnósticos de sus padres, se sentaba a su lado y le hacía repetir unas frases dedicadas a unos angelitos. A ella le hacía gracia, a fin de cuentas se sentía más segura al pensar que era verdad eso de que irían a protegerla, uno a cada esquina del colchón). El último recuerdo que tenía de la abuela era de una tarde en el mes de Junio. Se habían reencontrado después de unos seis meses sin verse y habían almorzado puchero con pringá, el plato favorito de su nieta.
Desapareció la celebración de Reyes en el río. El frío era importante en aquellos días de enero, pero no importaba. Eran siete, ocho primos que se reunían para compartir los juguetes que Baltasar había dejado, aunque eso era sólo la excusa. Lo importante para ella era que volvía al pueblo, a ese pueblo en el que toda su familia vivía y que visitaba de vez en cuando. Era gratificante el olor a barbacoa, el crujir de las ramas de los árboles, el miedo a caer al agua. En su memoria, sobre todo, predominaba aquel año en el que le regalaron una Cabbage Patch Kids, a la que bautizó como Lena Melena y que se convirtió en su única muñeca (ella prefería jugar con los Playmobil o las miniaturas sorpresas de los huevos Kinder).
Desaparecieron, sin previo aviso, las salidas clandestinas con sus primas mayores, a las que más bien trataba como hermanas, y que aunque tuvieran quince o dieciséis años para ella eran auténticas personas adultas, ejemplos a seguir.
Falta poco tiempo para que vuelva a sentarse en otra sala de espera de un nuevo aeropuerto (ah, no... realmente ya lo había visitado. Casi pierde la cuenta). Allí verá pasar las horas, verá que no hay forma de quitarse ese nervio, esa sensación de que es muy pequeña para este mundo. No sabrá cómo gritar que está un poco perdida, que a veces se le acaban las fuerzas, que necesita una pequeña ayuda, que se siente mal. Y volará. Se sentará al lado de una ventanilla y verá cómo sale el sol a 2.000 metros de altura. Observará la costa española y se dará cuenta de que tantos y tantos kilómetros apenas han servido para nada.
No importa ser de Yoigo, Movistar, Orange o Vodafone. Incluso las pequeñas compañías que ahora surgen como alternativa (un tanto ficticia) como Carrefour o Eroski están manchadas por sangre, horror y violencia. Cada vez que cambiamos de móvil para intentar conseguir un nuevo modelo, más actual y con cámara de 10,2 píxeles, estamos contribuyendo de forma indirecta pero patente a que este horror continúe.
Son muchos los aparatos electrónicos que usamos a diario y que nos ayudan a tener una vida más fácil. Nos cuesta trabajo imaginar cómo haríamos para comunicarnos si no tuviésemos un móvil o un ordenador. Si el portatil se estropea, nos echamos las manos a la cabeza. Pero lo que muy poca gente sabe es que para que toda esta última tecnología pueda funcionar es necesaria la utilización de un mineral que está causando serios problemas para los habitantes de El Congo: el coltán. Casi desconocido, hay muchos que lo catalogan como el nuevo oro negro de África. Si es así, ¿por qué no da riqueza a los habitantes de este país?
Hace unos años un director de Hollywood se atrevió a relatar las miserias que sufren los habitantes de las zonas en las que recogen diamantes. Qué casualidad, el escenario también era África. Claro que contaba con la actuación estelar de Leonardo Dicaprio, que aunque no hacía del típico y guapo Jack de Titanic, seguía atrayendo a las pantallas a jovencitas con las hormonas revueltas. No ha tenido la misma suerte el grupo de periodistas franceses que, en 2007, se dirigió a tierras congoleñas para sacar a la luz una de las realidades más ocultas por las multinacionales: el coltán provoca que las guerrillas del Congo tengan amenazada a toda la población y que un elevado número de informes de la ONU tache la situación como alarmante e inste tanto a empresas como a gobernantes a tratar de solucionar el problema.
Personalmente, había oído hablar de este mineral, y de lo que entrañaba, pero sólo pude ver el documental de casualidad, cuando botoneaba (forma española para decir "hacer zapping") a las doce y media de la noche, y no fue hasta ese instante cuando fui plenamente consciente de la gravedad del asunto. Ahora me lo pensaré dos veces cuando tenga que cambiar mi aparatito. Y tú, ¿qué harás?
Su madre continuaba en el despacho, rodeada de papeles, escuchando una música que Pablo no entendía muy bien. Se trataba de un CD que reproducía sonidos de la naturaleza: el agua de un río, pájaros cantando, las hojas de los árboles agitadas por el viento. Definitivamente, era absurdo querer oír todas esas cosas dentro de una habitación cuando, nada más cruzar la calle, había un parque enorme en el que, incluso, se oían ranas y grillos al atardecer. Al pensar esto, el niño se entristeció. No era justo que algunas personas pudieran disfrutar de todo aquel tiempo libre y su madre no. De hecho, no recordaba la última vez que habían ido a pasear sin prisas, que había tenido tiempo de buscar la flor más bonita para regalársela. El problema era que ella no tenía ayudantes, y todo el peso de mantener en orden la ciudad caía sobre sus hombros. Batman al menos tenía a Robin, que aunque no era ni la mitad de bueno que su jefe, le tendía una mano en los momentos más complicados. Intentando no hacer mucho ruido, Pablo subió las escaleras y desde la azotea trató de calcular hasta dónde llegaban los límites de la ciudad. Los tejados de Madrid parecían infinitos y no era capaz de divisar con nitidez dónde acababan, pero era imposible que se tardase más que de su casa a casa de la abuela, a más de una hora en autobús. Antes de salir, volvió a mirarse en el espejo, aunque esta vez hubo algo que no lo convenció. Faltaba un pequeño detalle… Fue al baño y cubrió su pecho y sus brazos con bolas de papel higiénico. ¡Ahora sí que imponía respeto! Nadie se atrevería a enfrentarse con él aparentando estar así de fuerte. Todo estaba listo para el momento decisivo, pero tenía que darse prisa. Su padre llegaría pronto de la oficina, y si lo veía no lo dejaría salir por lo tarde que era y todo su plan tendría que retrasarse para el día siguiente. Abrió la puerta, pero no la cerró para no hacer ruido. Los sonidos de la naturaleza ayudaban a su madre a estar concentrada, por lo que aún tardaría un rato en percatarse de lo que su hijo hacía. Pablo pensó que así la sorpresa sería mayor, y se sentiría todavía más orgullosa por el hecho de que él fuese lo suficientemente mayor como para salir de casa sin permiso, arriesgándose por ella.
Afuera la ciudad empezaba a oscurecerse. Era el momento perfecto, pues a esa hora los villanos solían salir de sus guaridas para intentar hacer trastadas. Al menos, no recordaba ningún capítulo en el que Batman hubiese peleado a plena luz del día con aquel payaso feo y de risa desagradable. Ahora todos lo verían y se lo pensarían dos veces antes de provocar el caos. Quizá incluso decidiesen irse a otra ciudad en la que nadie les parase los pies. Lo cierto es que a Pablo sólo le importaba que tuviesen claro que su madre no estaba sola, y que estaba dispuesto a ocuparse de ellos para ayudarla y que pudiese tener más tiempo libre. Desde la esquina, unos niños mayores empezaron a reírse de él, pero Pablo los miró con la cabeza alta. Memorizó sus rostros, y pensó que cuando acabase todo su trabajo iría a buscarlos para explicarles un par de cosas y darles su merecido. Eran igual de desagradecidos que Jorge, y eso era algo que odiaba.
Justo cuando cruzaba la calle corriendo, ansioso y emocionado, en sólo una décima de segundo se percató de que había olvidado la norma básica: mirar a derecha y a izquierda dos veces antes de pasar. Eso tenían que hacerlo incluso los superhéroes. Pero ya era tarde. Se paró en seco y giró su débil cuello deseando que la carretera estuviese desierta. No fue así. Un frenazo y el sonido de un claxon se oyeron en todo el vecindario. Los niños de la esquina apagaron sus risas de adolescentes malcriados y se apresuraron a llamar a sus padres, asustados ante lo que acababan de ver. El conductor del vehículo permaneció inmóvil dentro de su coche. No sabía si todo aquello era una broma de cámara oculta o si realmente había atropellado a un Batman en miniatura. Las ambulancias llegaron rápido, estrellando el sonido de sus sirenas contra las desgastadas fachadas de aquel barrio de gente rica, pero nada pudieron hacer. Ni siquiera la cobertura de papel higiénico pudo amortiguar el golpe que sufrió el pequeño cuerpo de Pablo al caer sobre el asfalto. La autopsia concluyó que los traumatismos craneoencefálicos fueron la causa de la muerte.
Al día siguiente, todos los periódicos se pusieron de acuerdo sobre el tema de la portada. Por una vez, no hubo diferencias entre los de derecha y los de izquierda, entre los conservadores y los progresistas. La Crónica de Madrid titulaba “La muerte más trágica de un superhéroe”, y un poco más abajo se leía “El hijo de la alcaldesa de San Sebastián de los Reyes fallece tras ser atropellado mientras cruzaba una avenida disfrazado de un famoso personaje de cómic”. La ciudad entera se puso de luto, y al entierro acudieron las más altas personalidades del mundo de la política y de la cultura. De nada sirvieron las horas de consulta en el psiquiatra, ni los tratamientos alternativos a los que la madre de Pablo se sometió. Ahogada en una depresión de la que no veía salida, perdió su puesto en el Ayuntamiento, se divorció de su marido, vendió su chalet de las afueras y se fue a vivir a casa de su madre, a sólo 500 metros del cementerio. A partir de ahora dispondría de todo el tiempo del mundo para llevar flores a la tumba de su hijo.
Se terminó el vaso de leche de un sorbo. “¡Hasta la última gota!”, le decía siempre su madre, pensando que con su tono jovial haría creer al niño que aquel líquido blanco (o marrón, si le echaban un par de cucharadas de ColaCao) era una auténtica diversión. Por suerte, él siempre la obedecía, ya que aquella era la parte que más le gustaba, con todo el chocolate condensado en el fondo, resbalando despacio hasta que llegaba a su boca y se producía la explosión de los sentidos. Todavía quedaban unos minutos hasta que acabase su programa favorito. Recogió la mesa lo más rápido que pudo y se fue directo al salón. La televisión comenzó a emitir imágenes y sonidos, tecleó varias veces en el mando y buscó su canal. Era una lástima que Jorge tuviese cita en el dentista y no pudiera ir hoy a su casa, aunque en realidad se tenía merecida todas las caries por no compartir con él la bolsa de golosinas que había llevado al colegio. Cuando acababa el programa, sobre las seis de la tarde, solían jugar juntos a héroes y villanos. Él siempre era el héroe, y Jorge el malo al que había que derrotar. Hoy no le quedaba más remedio que confiar en su imaginación para recrear una figura contra la que luchar.
Cuando acabó, Pablo cantó a gritos la sintonía de la serie tratando de seguir los sonidos que salían del aparato. Debido a la merienda no había podido verla entera, pero no le importaba porque ya era la tercera vez que la retransmitían y se sabía de memoria todo lo que sucedía. Joker había colocado una bomba en uno de los edificios más importantes de la ciudad y en unos minutos haría explosión. Por suerte, como siempre sucedía, Batman estaba cerca para solucionar el problema y darle a aquel payaso su merecido. Sin duda alguna, para él aquel era el mejor superhéroe de todos los tiempos, y también para Jorge. Éste era el motivo principal por el que eran amigos. Desde que se conocieron el primer día de colegio habían compartido millones de aventuras, de estampas y de videojuegos. Por lo demás, su amigo era un tanto insolente y muy poco generoso. A veces, se enfadaban durante días o incluso llegaban a pegarse alguna que otra patada, pero al fin y al cabo eran los dos únicos que entendían a Batman en todo el barrio y eso los obligaba a llevarse bien la mayor parte del tiempo.
Los pasos de su madre sonaron en la habitación. Pablo sabía que era ella por el compás que hacía al caminar, rítmico y pausado. «Clank, clank, clank». Los de su padre sonaban muy diferentes, seguros y firmes, sin ningún movimiento de más. Era algo así como «pum, pum, pum». En realidad, le habrían dado un poco de miedo, si no fuera porque lo conocía de toda la vida. Cuando la vio aparecer en el marco de la puerta, se abalanzó sobre sus brazos buscando el refugio que siempre le brindaban. Pero en esa ocasión, apenas hubo sentido el roce suave de la piel, las palabras le sacaron de su particular mundo de felicidad.
- “Pablo, hijo, apaga la televisión y deja de hacer ruido, estoy intentando concentrarme. Anda, ve a jugar a tu habitación un rato”
Se sintió un poco desilusionado. Siempre que su madre aparecía, él imaginaba que sería para jugar juntos, que le contaría un cuento, o que le ayudaría a hacer sus deberes. Al final eso nunca sucedía, pero al fin y al cabo ella era la madre más importante de todos los niños del colegio, más incluso que la de Sonia, que era la directora. Según le habían explicado, toda la ciudad funcionaba porque ella trabajaba para que así fuese, y tomarse algún tiempo libre más de lo debido tendría terribles consecuencias. Cuando le decían eso, Pablo se iba cabizbajo pero orgulloso, pues imaginaba que gracias a su madre los villanos permanecían en la cárcel, no explotaban bombas y los trenes no descarrilaban porque alguien hubiese doblado las vías. Sí, tenía que entenderlo y que portarse bien.
Obedeciendo las órdenes, apagó la televisión y se dirigió a su cuarto de juegos. Ya lo habían avisado de que cuando tuviese un hermanito todo aquello debía desaparecer para convertirse en una nueva habitación. A él no le importaba, porque así tendría con quien jugar las tardes en las que Jorge fuese al dentista, además de un compañero con el que hacer expediciones por los arbustos escondidos del parque. Desde la puerta, echó un vistazo rápido a su alrededor, por las estanterías y los baúles. Tenía millones de juguetes, aunque la mayoría eran para jugar con alguien. Encendió un rato la Wii, pero cuando estaba a punto de ganar el partido de tenis su mando se quedó sin pilas y sus adversarios, unos muñecos que él mismo había creado y que parecían una mezcla entre cerdos y extraterrestres, vencieron en el último minuto. Aburrido, se tumbó sobre la alfombra a mirar el techo. Entonces fue cuando se le ocurrió la gran idea. Se dirigió corriendo a la caja donde guardaban los disfraces de carnaval y de las fiestas de cumpleaños y revolvió todo hasta que encontró su favorito. Se lo había regalado su prima Marta cuando cumplió los seis años, cinco meses atrás, por lo que aún le quedaba bien. Se lo probó y decidió que quizá estaba un poco corto de piernas, pero eso no importaba porque las botas lo taparían. Para terminar de transformarse le faltaba un detalle: el antifaz negro. El problema era que lo había perdido mientras saltaba en la piscina de bolas y nunca pudo recuperarlo. La única solución que se le ocurrió fue fabricarse uno, para lo que necesitaba pintura, papel, tijeras y una de las gomas del pelo que utilizaba mamá. A hurtadillas consiguió los materiales (tenía terminantemente prohibido utilizar aquellas tijeras con punta que había en la cocina) y en menos de quince minutos tenía lo que buscaba. Se colocó su creación sobre la cabeza, tal y como los reyes se ponían la corona, se puso delante del espejo y se emocionó al ver su imagen. Era la copia en pequeño de su superhéroe favorito, y estaba seguro de que si salía así a la calle nadie dudaría de su autenticidad. Incluso le entró un ataque de risa al pensar que podría presentarse disfrazado de esa forma en la consulta del dentista y asustar a Jorge diciéndole que todos sus dientes se le caerían uno por uno si no cambiaba y empezaba a compartir sus golosinas en el recreo.
Para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser buenos seres humanos. Las malas personas no pueden ser buenos periodistas. Si se es una buena persona se puede intentar comprender a los demás, sus intenciones, su fe, sus intereses, sus dificultades, sus tragedias.
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Francisco Umbral
El periodismo mantiene a los ciudadanos avisados, a las putas advertidas y al Gobierno inquieto.